25 feb. 2009

Al compás de “Get up offa that thing” (Levántate de esa cosa, o también, “levanta tu trasero”), iniciaba nuestra transportación al mundo funky de los años 60 y 70.

Recuerdo perfectamente en momento en que vi salir a “The Music Box” (La Caja de Música) por el lado izquierdo del escenario. Una sensación rara me recorrió. Lo primero que vi de James Brown fueron sus zapatos negros, después, su traje de seda roja con “barbitas” y, por último su cabello, tan profundamente oscuro, como su camisa.

Quienes eran partícipes del show de aquella noche parecían ser conocedores del funk y el soul.  Todas las canciones eran aplaudidas.  Llenaba de orgullo tener en nuestro país a una gran leyenda de la música. No parecía importar entonces su lado humano.

Pesaba más el mito que el hombre detrás de él.  Su vida difícil y los muchos problemas que había tenido con la ley estadounidense por mal comportamiento, por posesión de drogas y por otras cuestiones políticas, habían quedado relegados a un segundo plano.

Nadie parecía recordar que Brown había sido abandonado por sus padres desde pequeño.  Tampoco que su carrera musical hubiera comenzado a formarse mientras estuvo en prisión —por robo de autos— a principios de los años cincuenta.  Y mucho menos que realizara, desde la época de Martin Luther King, activismo social a favor de los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos.

 

El joven JB

En aquel momento, lo sustancial era que quien estaba parado en el escenario había creado el funk, revolucionado el soul y aportado nuevos estilos a la música disco, rap y hip-hop.  Vamos, lo importante en ese instante era que, a pesar de que aquel hombre había iniciado su carrera en 1953, aún cantaba y bailaba como si fuera un joven de 25 años… aunque en realidad tuviera casi 72.

La esencia del “Mr. Dynamite” (Señor Dinamita) destelló copiosamente.  La imagen del James Brown robusto de treinta años atrás, volvió a la mente de todos nosotros.  Aunque la verdad fuera otra, vimos en nuestra imaginación al joven apuesto que tanto cautivó a las mujeres de los años sesenta.

Para su edad, su cuerpo continuaba siendo sorprendentemente ágil, sin embargo, parte de aquella buena condición física había sido mermada por el paso de las décadas.  La vejez era especialmente visible en su rostro, no obstante, éste también reflejaba la misma intensidad con la que, desde siempre, interpretaba cada una de sus canciones.

 

Así lucían las coristas

La que disfrutábamos era una sutil y hermosa mezcla de funk, blues, soul y jazz.  Las guitarras y demás instrumentos se fundían finamente con las privilegiadas voces de las coristas —quienes usaban ropas hechas de cuero azul galáctico—, mientras que los bailarines habituales del medio tiempo brillaban por su ausencia.  En su lugar, una guapa mujer de vestido negro y potente voz deleitó a todos.

La participación de su esposa estaba planeada para dar un respiro al Padrino del soul.  Igual función tuvieron los solos de guitarra y saxofón que se efectuaron a lo largo de la velada.  Y es que después de esos bailecitos donde parecía quebrársele las piernas a JB (los cuales inspiraron a Michael Jackson y otros artistas), era necesario un pequeño descanso.

*** Click AQUÍ para leer: “James Brown: el concierto en México (Parte 3)”

Algo así se veía el traje. Imaginen este sonido en vivo. Vean el video: