Había preparado todo un intro explicativo para el post de hoy. Sin embargo dejaré de lado los preámbulos para pasar de lleno a mi crónica del primer concierto que, como parte de su gira mundial 2011-2012, André Rieu y su Johann Strauss Orkest dieron en el Auditorio Nacional de la Cd. de México. Así que el post de hoy es el segundo de los que, en octubre, dedico a la música clásica.

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Una noche inolvidable

Con nuestra bandera

Ya sumaban seis los años transcurridos desde de mi anterior visita al Auditorio Nacional. En aquella ocasión fueron el funk, soul y estrambóticos bailes del energético James Brown los que llenaron al famoso recinto de Chapultepec. Pero ahora, la noche del viernes 7 de octubre marcaba una pauta muy diferente. No habría funk, pero sí mucha música clásica en manos de un holandés que maniobraba, de manera magistral, un auténtico Stradivarius.

Para mí, la música clásica significó el primer gran amor musical. Bach, Mozart, Schubert, Beethoven y Johann Strauss fueron mis grandes héroes cuando yo apenas era una niña. Me habían fascinado partituras procedentes de Alemania, Austria e Italia y añoraba aventurarme por sus paisajes en algún viaje osado, quizá, cuando yo cumpliera los 20 años. Soñar no cuesta, dicen…

Si con alguien comparto mi admiración por lo clásico ése es entonces André Léon Marie Nicolas Rieu. Quien tan ferviente amor le tiene a la música clásica que desde los 5 años de edad entregó por completo su corazón al violín. Pasó su juventud estudiando en conservatorios y tocando en algunas orquestas para luego, —a sus 38 años— formar la suya propia a la que bautizó en honor a su más grande inspiración: el “rey del valsJohann Strauss II.

Recién comenzaban los 1990s y Rieu pensó, como yo, también en viajar. Adoptó la misión de “difundir” lo clásico al mundo entero, primero con sus varias grabaciones de CDs, para después emprender giras por Europa y Norteamérica.

A México vino por primera vez en 2010 y tanto le gustó la tierra caliente que en octubre de este año decidió regresar con 8 conciertos. 5 para el A. Nacional, 2 para Guadalajara, otro para Monterrey. Así que del 7 al 16 de octubre Holanda, Austria e Italia estarían en México a través de su música.

Y ahí estaría yo para escucharla. Era la noche inaugural, precisamente las 20:30 hrs. cuando con perfecta puntualidad europea comenzó el show. La gran orquesta —más de 30 miembros entre violines, violonchelos; instrumentos de viento, percusiones, piano, arpa y un coro formado por tres hombres, más tres solistas— marchó hacia el escenario, no desde bambalinas, sino desde fuera del Auditorio vistiendo en rigurosa gala. Mujeres con vestidos ampones, hombres de frac… O cual quinceañeras acompañadas por chambelanes si desean verlo de esa forma.

Nieve en el Auditorio

“Tengo la mejor profesión del mundo”. “Amo la música y ella me llena el alma”, decía André. “Vengo a México para alegrarlos; quiero hacer que esta noche sea inolvidable para ustedes.”, y justo así fue.

Melodías inmortales fueron sonando una tras otra. Entre ellas varias de Johann Strauss II. Sin embargo, también estuvieron presentes Giacomo Puccini con su “Nessun Dorma” de la magnífica ópera “Turandot”; Mozart con el “Stakers Waltz”; Verdi con su “Traviata” o hasta algo más moderno con la “Ballade pour Adelline” de Paul de Senneville y Olivier Toussaint.

Acompañando a la música estaban varias voces extraordinarias que contrastaban con la sencilla escenografía. ¿Cuál? Una gran pantalla en la que se mostraban bellas imágenes de las ciudades, que junto con la música, íbamos visitando.

El tiempo pasaba rápido. Los primeros 45 mins. del show se habían ido para dar paso a un intermezzo. Después, más piezas famosas llegarían: los “Bosques de Viena”, “Torna Sorrento”; “Funiculí, funiculá” e incluso un aria de la famosa opereta “Los Cuentos de Hoffmann” —escrita por J. Offenbach, acérrimo rival de Johann Strauss II—. Pero sin duda la estrella de la noche fue ni más ni menos que el Danubio Azul, pieza que hizo bailar a medio auditorio al compás de vals.

Así nos dieron las 23:00 hrs, momento en que André anunciaba el fin del concierto y, por ende, el fin de mi anhelado viaje por hermosos paisajes del viejo continente.

No obstante, el show se extendería media hora más. Para entonces la “nieve” ya había cubierto la zona preferente del Auditorio y ahora globos multicolores llovían anunciando una “fiesta mexicana”.

De la nada salieron las maracas, así como los sombreros de charro y hasta cervezas. Sonó el “Cielito Lindo” además de otros huapangos y por más que André decía “go home”, nosotros estábamos felices disfrutando de la música e insistíamos en quedarnos.

Rondábamos ya las tres horas de concierto cuando la orquesta tocó “Amazing Grace” como antesala a una despedida que ya era inminente. Entonces volvió a sonar el “Cielito Lindo” y luego “Adieu, mein kleiner Gardeoffizier” —es decir, “adiós mi querido capitán”— para cerrar la noche.

Fotos de André Rieu.com

Me había quedado con ganas de escuchar el Ave María, pero en general, la velada había sido increíble. Belleza fluyendo en forma de música y yo, cumpliendo mi sueño, aunque fuera sólo con mi imaginación, de visitar las míticas ciudades europeas que desde niña me fascinaban. A André le quedaban varios conciertos pendientes por dar. A mí, sólo regresar a casa.

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Para cerrar el post les pongo 4 links a videos en YT para que se den idea de cómo estuvo el concierto:

Slideshow con motivo de la 1ª visita de André Rieu a México (2010). ¡Vale la pena verlo porque está muy bien hecho!

 

Video-aficionado que muestra la entrada de la orquesta hacia el escenario mientras suena “la marcha de los trombones” (7-oct.2011).

 

La canción de Olympia”, aria perteneciente a “Los Cuentos de Hoffmann” (Offenbach) cantada de manera extraordinaria por Carla Maffioletti. (2009).

 

Extracto del DVD “Fiesta Mexicana” grabado en México durante los conciertos del 2010. Más o menos así terminó el show del viernes 7 de oct. de 2011.